Regiones
Nuevo Reino de León
Ninguna región de México está tan ligada a la historia conversa como el noreste. En 1579, Luis de Carvajal y de la Cueva obtuvo una carta real que le otorgaba el derecho a colonizar y gobernar una vasta extensión que incluía los actuales estados de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila. Carvajal era converso — y lo sabía. El Nuevo Reino de León no fue solo una empresa colonial: fue un proyecto para establecer una comunidad lejos del alcance de la Inquisición.
La persecución y discriminación que enfrentaban los conversos en la Península Ibérica y Portugal tras la expulsión de 1492 empujó a muchos a cruzar el Atlántico. El Nuevo Mundo ofrecía distancia: cuanto más lejos del centro virreinal, más débil el brazo del Santo Oficio. Monterrey y Saltillo, fundadas dentro de este territorio, se convirtieron en destinos para familias que buscaban rehacer su vida sin la vigilancia constante que sufrían en Europa.
La caída de Carvajal — arrestado por los inquisidores y muerto en prisión — no borró lo que había sembrado. Las familias que trajo consigo echaron raíces profundas. Apellidos como Treviño, De la Garza, Cantú y González, hoy omnipresentes en el noreste mexicano, trazan su presencia en la región hasta aquellos primeros colonizadores.
Ciudad de México
La Ciudad de México fue el centro del poder colonial — y, por lo tanto, el centro de la persecución. El Tribunal del Santo Oficio se estableció formalmente en 1571, pero la vigilancia contra los judaizantes comenzó mucho antes: la primera ejecución pública involucrando criptojudíos ocurrió tan temprano como 1528, apenas siete años después de la caída de Tenochtitlan.
Paradójicamente, la capital también fue el corazón de la vida conversa. Los comerciantes portugueses y españoles de origen judío construyeron redes económicas que sostenían a comunidades enteras. La Ciudad de México era el nodo donde se cruzaban las rutas comerciales que conectaban Veracruz con Acapulco, el Atlántico con el Pacífico, Europa con Asia. Los conversos dominaban eslabones clave de ese comercio.
A pesar de tener al Santo Oficio a pocas cuadras, los criptojudíos de la capital desarrollaron sistemas elaborados de comunicación y práctica religiosa clandestina. Se reunían en casas privadas para celebrar el Shabat, mantenían redes de parentesco que se extendían hasta Portugal, y organizaban la vida comunitaria bajo una fachada de ortodoxia cristiana. Esa doble vida — pública en la iglesia, privada en el hogar — definió la experiencia conversa en la capital virreinal durante más de dos siglos.
Altos de Jalisco
Los Altos de Jalisco es quizás la región donde la herencia sefardí se manifiesta de la manera más inesperada. Durante siglos, esta zona del occidente mexicano fue considerada simplemente criolla — de piel clara, costumbres conservadoras, profundamente católica. Los estudios genéticos recientes han revelado que esa identidad es más compleja de lo que la narrativa tradicional sugería.
El análisis de ADN ha identificado marcadores genéticos en la población alteña que coinciden con los de las poblaciones judías de origen ibérico. Haplogrupos presentes en los linajes de ADN mitocondrial (línea materna) y del cromosoma Y (línea paterna) muestran una conexión clara con los sefarditas expulsados de la Península Ibérica. No se trata de coincidencias estadísticas: son patrones que señalan una ancestría compartida.
La evidencia genealógica refuerza lo que el ADN sugiere. Muchos apellidos de la región — Pérez, López, Hernández, García — pueden rastrear su origen hasta familias conversas que se asentaron en Los Altos buscando distancia de la Inquisición. A través del rastreo genealógico, algunas familias han podido conectar sus linajes directamente con ancestros sefarditas.
Hay también un rastro cultural. Algunas familias en Los Altos han mantenido costumbres y tradiciones cuyas raíces apuntan a prácticas sefarditas: desde hábitos alimenticios hasta rituales funerarios que no encajan con la ortodoxia católica circundante. Lo que durante generaciones se explicó como "costumbres de la familia" empieza a encontrar una explicación más antigua y más profunda.
Veracruz
Todo comenzaba en el puerto. Veracruz fue la puerta de entrada al virreinato para los conversos que cruzaban el Atlántico desde Portugal y España. Junto con Campeche, era el punto de llegada para los inmigrantes europeos; Acapulco servía como entrada alternativa para quienes venían desde Brasil, Chile y Perú. Los conversos que lograban desembarcar en Veracruz enfrentaban el primer filtro: la vigilancia inquisitorial en el mismo puerto.
Esa vigilancia era real pero porosa. Muchos conversos obtuvieron certificados de limpieza de sangre de manera fraudulenta y desembarcaron disfrazados de cristianos viejos. Una vez en tierra, desaparecían en las rutas comerciales que conectaban la costa con el interior.
Un detalle revela la tensión constante: en 1641, el inquisidor Fernando de Mezquita escribió desde Veracruz a su hermano Luis de Amezquita en la Ciudad de México, alertándolo sobre rumores de un barco portugués que había llegado a las Islas Canarias con 150 soldados a bordo y que podría continuar su viaje hacia Nueva España. La ansiedad inquisitorial ante cada barco que tocaba puerto no era paranoia — era el reflejo de un flujo de conversos que no podían detener.
Frontera norte
La lógica era simple: cuanto más lejos del centro, más seguro. Los criptojudíos españoles y portugueses que buscaban practicar su fe en secreto comprendían que la inmensidad territorial de la Nueva España era su mejor aliada. Las provincias norteñas — remotas, despobladas, difíciles de administrar — ofrecían exactamente lo que necesitaban: distancia del brazo inquisitorial.
Zacatecas fue una parada clave en esa migración hacia el norte. Las minas atraían a todo tipo de colonos, y entre ellos se documentó una comunidad significativa de criptojudíos. Cuando la presión inquisitorial alcanzó también a Zacatecas, muchos se trasladaron aún más al norte, buscando siempre la siguiente frontera.
Un episodio revela la desesperación de esa huida. Cuando los inquisidores arrestaron al gobernador Carvajal en 1590, Gaspar Castaño de Sosa — su segundo al mando — organizó una expedición ilegal hacia el norte. No era una empresa de conquista: era un éxodo. Castaño y sus seguidores buscaban establecer un asentamiento lo suficientemente remoto como para quedar fuera del alcance del Santo Oficio.
La provincia más septentrional, Nuevo México, se convirtió en el último refugio. A miles de kilómetros de la Ciudad de México, en un territorio donde la autoridad virreinal era más nominal que real, familias de origen converso se asentaron y construyeron comunidades que mantuvieron costumbres judías — a veces sin saber ya de dónde venían — durante siglos.